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De: Diego Acosta
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CUANDO YO TENIA TU EDAD… Creo que todos habremos escuchado este frase, muchas veces dicha con amor, otras con tristeza y otras con ánimo de crítica. Cuando escuchamos frases como esta, dichas con amor, nos alegramos porque reflejan que en algún momento de la vida de la persona que nos habla, ha habido tiempos de alegría, de regocijo. Y estamos en el mundo, también para alegrarnos con la alegría de otras personas. Generalmente, son los abuelos los que dicen cosas como éstas. Abuelos que más de una vez pueden ser nuestros cómplices más firmes, frente a algunas decisiones de nuestros padres. Pero esa complicidad, no provoca rebeldía ni problemas, es simplemente la complicidad que se inspira en esa relación tan maravillosamente única, que es la de los abuelos con sus nietos. También escuchamos… cuando yo tenía tu edad… con tristeza, en la voz de quién nos habla. Nos comentará seguramente algún tiempo de su vida, que fue mucho más difícil, menos alegre que el nuestro. Y entonces nos conmueve, nos hace que tengamos un profundo sentimiento de amor por quién nos habla y demostrarle, que aunque el pasado haya sido triste, queda todo el futuro por delante, para recuperar la paz y el gozo. Y también escuchamos esa frase, con sentido crítico, con sentido acusador, acerca de lo que hacemos los jóvenes. Y en este caso, nuestra primera reacción será defendernos, pero si lo pensamos bien de que nos podemos defender? Sabemos que ser joven no es tener licencia para hacer cualquier cosa, que todo nos será perdonado y además, que nada nos hará daño, precisamente por ser jóvenes. Pero esa actitud simplista, no es la que todos los chicos y chicas de mi edad, tenemos. Por eso cuando nos dicen… en mis tiempos….podemos pensar que quizás la frase más que una acusación, encierre una frustración que no se quiere admitir, un fracaso que todavía duele o una pena, que todavía encoje el corazón. Por eso, como jóvenes que somos, debemos mirar a quienes nos acusan con relación al pasado, con amor, con sincero amor. No tengamos en cuenta la crítica y si tengamos en cuenta, a la otra persona, que quizás lo único que precise de nosotros, es simplemente una mirada amable, un gesto amistoso o una sonrisa que nazca del fondo de nuestro corazón.