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LA PELEA

De: Diego Acosta

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Ocurrió de la forma más inesperada: dos chicos se agarraron a golpes en uno de los patios del instituto. Como siempre pasa, todos corrimos a ver que estaba pasando, cuando al dar la vuelta en una de las esquinas, alcancé a ver a nuestros compañeros, dándose golpes y patadas. Cuando me acerqué hubo algo que me dejó trastornada: era la mirada que tenían los dos chicos. Estaban perdidos, como se dice vulgarmente, medios locos, pegándose con una saña increíble. Esas miradas me dejaron tan sorprendida, que cuando me giré, pude ver que también mis compañeros tenían una mirada rara. Era la mirada de la atracción que causaba la pelea, una mirada llena de morbo y de malas intenciones, que incluso acompañaban con sus gritos, cada vez más fuertes y más violentos. Me dio tanto miedo lo que estaba viendo, que comencé a temblar y luego a llorar. La pelea continuaba y además de los golpes, entre mis lágrimas, veía las miradas de quienes se pegaban y de quienes alentaban a quienes se golpeaban. No se cuánto habrá durado este triste espectáculo, solo recuerdo que finalmente llegaron los celadores y con gran esfuerzo los separaron. Querían seguir la pelea y en sus miradas había tanto odio, que no lo podía concebir en chicos de mi edad. El resto de las clases fueron difíciles y tan pronto como pude llegué a casa a contarles a mis padres lo que había pasado. Más que lo que había pasado quería contarles, las miradas que me habían impactado. Mi padre, no estuvo tan cariñoso como en otras ocasiones y eso era todo un síntoma. Habló bastante duro, sobre todo lo que le había contado. Nos hizo recordar, acerca de todas las veces que nos había advertido que algo estaba pasando, muy grave. Y eran los continuos ataques contra la familia, contra lo que representa la familia. Y cuando se ataca la familia y se la busca destruir, el vacío que eso deja es tremendo. Y ese vacío se llena con frustración, desencanto, falta de comprensión, de respeto. Y por eso nos dijo a mis hermanas y a mí, que esa pelea no era en realidad dos jóvenes golpeándose. Eran dos personas que le estaban pegando a su situación personal, a su tragedia personal, a sus necesidades más íntimas. Mi padre nos dijo, que lo triste de todo esto, era que todo iba a terminar con unas simples sanciones a los dos chicos. Pero eso no solucionaba el verdadero problema. La falta de amor, de cariño, de tener a alguien con quién hablar, no se compensan con una pelea o se curan con una falta disciplinaria. Por eso nos dijo, que lo menos importante, no eran ese ojo medio negro o el labio partido. Lo más serio, son las heridas en el interior de los dos muchachos. Eso les tenía que seguir doliendo mucho más que los golpes.


Última modificación: 29 de October de 2007