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De: Diego Acosta
Lo conocimos cuando íbamos a la escuela. Ya entonces era un señor mayor. Y cuando llegamos al instituto, lo seguíamos viendo, siempre sentado en el mismo lugar. Nadie sabía con exactitud su nombre, pero todos lo llamábamos el abuelo Seba. Cuando salíamos del instituto, era un auténtico coro, el que repetía el saludo: Adiós abuelo… El sonreía con una cierta timidez, y alzaba su mano, en un gesto cordial y amistoso. Eso ocurría de lunes a viernes. Un día, tuvimos que hacer un trabajo y salimos bastante más tarde el instituto. Y nuestra sorpresa fue enorme, cuando vimos al abuelo, sentado en el banco, con el cuello de su abrigo levantado, luchando contra el frío. Juntamos valor y nos acercamos, para saludarlo. El se quedó muy quieto, con la mirada dirigida hacia nosotros, con un gesto interrogante. Quisimos hablar con él, y sus respuestas fueron meros gestos de cabeza. Hasta que alguien le preguntó, porque estaba todos los días frente al instituto. Entonces, con una voz apagada y muy lentamente, nos contó su historia. O parte de su historia. Nos dijo que hacía muchos años se había quedado solo y que desde entonces, no había vuelto a ver a sus nietos. Y encontraba en la puerta del instituto, la posibilidad de ver a unos jóvenes, con edades muy parecidas a la de sus nietos. Cuando una lágrima traicionera, cruzó su rostro, nosotros nos sentamos a su lado. Y le dijimos que sería muy bueno, que algún día se viniera con nosotros. A la casa de alguien, para seguir conversando. Su cara se iluminó y quedamos que la semana próxima, buscaríamos la oportunidad, para llevarlo de visita. Yo hablé con mis padres y estuvieron de acuerdo en que lleváramos al abuelo a nuestra casa. Ellos también lo habían visto sentado en el banco. Pero a la semana siguiente, no lo vimos. Su perfecta asistencia durante tantos meses, se había interrumpido. Y no pudimos saber nada sobre él, porque no sabíamos como se llamaba. Fuimos al hospital cercano, pero allí no estaba. Cuando le contamos a mi padre lo que había ocurrido, nos dijo que era muy triste, lo que había pasado. Pero más triste era, que durante tanto meses a nadie se le hubiera ocurrido, acercarse a ese anciano y tener una palabra amable con él. Mi padre, nos dijo que muchas veces dejamos pasar esas oportunidades maravillosas, de ayudar y de servir a la gente, aunque más no fuera por un saludo amble y una palabra de amor. El abuelo Seba, se convirtió en un símbolo para muchos de nosotros. Habíamos aprendido una dura lección, pues habiendo podido ser útiles, cuando nos decidimos se había pasado la oportunidad.