[ Siguiente | Anterior | Arriba ]
De: Diego Acosta
Hace unos cuántos años, una tarde recibí una gran decepción de la chica a la que yo llamaba mi mejor amiga. Me costó muchas lágrimas tratar de entender lo que había pasado con ella, porque había cambiado tanto de actitud y porque había demostrado tanta falta de sinceridad. Por supuesto, que fue mi madre la que escuchó todos mis lamentos. La que pacientemente fue recibiendo el listado de dudas que tenía en el corazón por esta situación. Ella me dijo que en cierta forma era normal lo que había pasado, pues ocurría que nosotros somos muy propensos a descargar grandes responsabilidades sobre los hombros de otras personas. Cuando entendí lo que me quería decir, le dije que lo único que faltaba, era que ella, mi propia madre, justificara a aquella chica. Ella con infinita paciencia, me explicó que era precisamente eso lo que me quería demostrar. Y por que ponemos tanta carga sobre los hombros de otras personas? Porque muchas veces es una forma de aliviar nuestras propias cargas, de hacerlas más livianas, de que nos pesen menos. Y cuando llega el tiempo de la decepción, lo primero que se nos ocurre es sentirnos defraudadas, de sentirnos agraviadas. Pero si lo pensamos mejor, tal vez deberíamos haber sido más cuidadosos en el momento de confiar nuestros pensamientos o nuestros sentimientos. A lo mejor, esa persona a la que llamamos nuestra mejor amiga, no está en condiciones de llevar la carga que nosotros ponemos sobre sus vidas. Y cuando esa carga es demasiado pesada, las personas reaccionan de una manera, que ha nosotros nos defrauda. Nos sentimos engañados. En otras palabras, me dijo mi madre, debemos tener mucho cuidado en quién o en quienes depositamos nuestra confianza. Y sobre todo, que es lo que revelamos de nuestras vidas. Si es bueno, o es malo, que estemos contando aquellas cosas que guardamos en nuestro interior y que nos son tan importantes. Muchas veces, caemos en la tentación de hablar, para mostrar en que situación nos encontramos. Casi con un cierto aire de superioridad. Y eso nos lleva a la desilusión. Entre lágrimas, comencé a aprender la lección que estaba recibiendo. Una vez más mi madre, con sencillez, me había resuelto una situación que yo consideraba muy grave. Con el paso del tiempo, esa lección me sirve para poder guiar a mis hijos, por los difíciles caminos de la vida. Dándoles mi experiencia por las cosas que aprendí y dándoles también, la oportunidad, para que ellos vayan teniendo sus propias experiencias personales. En quién confiamos, es una cuestión demasiada importante, como para que la dejemos simplemente, en manos de nuestros sentimientos.