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De: Diego Acosta
Creo que haciendo un poco de esfuerzo, quizás recordemos a alguien que estuvo en algún momento a nuestro lado, pero del que nunca supimos mucho o mejor dicho, que nunca supimos nada de él. Hace unos días, con unos amigos recordábamos a una persona así, que fue precisamente compañero durante algunos años en el instituto. Era, como podríamos decir con una cierta dosis de soberbia, uno del montón, uno de esos que siempre parecía gris, intrascendente. Y así lo tratábamos, era del que siempre nos olvidábamos, era de los que nunca contaba para nada y al que había que agregar de último momento para casi todo. Así era nuestro compañero y así nos comportábamos con él. Muchas veces cuando pienso esto, siento una gran sensación de bochorno personal. Lo cierto es que este chico volvió a nuestra memoria, porque uno de nuestros compañeros estuvo en un hospital pasando una difícil situación. Y en esos momentos de tribulación, de gran angustia, se presentó este chico, que también estaba en el hospital. El estaba cuidando a su madre, que estaba grave, muy grave. Pero así y todo, cuando vio a quién había sido su compañero se llegó hasta él para saludarlo. Contaba nuestro amigo, que cuando recordó quién era este chico que estaba a su lado, sintió vergüenza, por todo lo que le habíamos hecho, por tanto ignorarlo. Y nos dijo que estuvo mucho tiempo conversando, preguntando como estaba el padre de nuestro amigo. Pero en ningún momento, habló de su drama personal, siempre habló de la necesidad de ser fuertes en la adversidad, en los momentos difíciles. Incluso, le habló a quién contaba la historia, de que tenemos a quién recurrir cuando nuestra vida nos lleva por caminos tan difíciles. Le llevó una palabra de aliento y de consuelo tan grande, que su ánimo cambió y pudo volver al lado de su padre enfermo, con la fe renovada. Solo entonces, se dio cuenta, que no le había preguntado a este chico, porque estaba en el hospital, que estaba haciendo a esa hora de la madrugada. Lo buscó y lo encontró dos días después. Llegó minutos después de que a este chico le comunicaran la noticia de que su madre había muerto. Como nuestro amigo no supo que decir, el chico de la historia, le dio consuelo y le explicó que la verdadera vida había comenzado ahora para su madre. Que había dejado de sufrir en la tierra y que tenía la seguridad que estaba en el lugar de la promesa, en el cielo. Saber todo esto, nos llevó a pensar como somos de prepotentes los que nos creemos superiores. Y como son de generosos, aquellos a los que muchas veces, nos permitimos despreciar. Y que tremenda lección de grandeza, nos dio ese chico gris, del que casi ni recordábamos su nombre.